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Platos que hablan

Lo que comemos forma parte de la configuración de la personalidad. Ante la inmensa variedad de alimentos de los que disponemos hoy, el mero acto de elegir supone un problema.

La arqueología, la antropología, la paleontología, la genética, la nutrición y un incontable número de especialidades vienen descodificando los comportamientos alimentarios a lo largo de la evolución, poniendo luz a ciertas claves de nuestra especie. Gracias a ello podríamos concluir qué se comía en un tiempo y lugar determinados con una respuesta bastante plausible.

Si nos centramos en la prehistoria, durante cientos de miles de años la alimentación fue un tránsito por el consumo de vegetales —hojas, ramas tiernas, semillas— junto con algún insecto, en dirección a la carroña secundaria, con la apropiación de pedazos de animales apresados por otros depredadores, hasta alcanzar un progresivo incremento del consumo de carne, con la expansión de la caza no especializada y posteriormente la generalización de grandes cacerías. Un prolongado viaje que sentó las bases de la estrategia omnívora del Homo sapiens. Con todo, es a partir de la conformación de las civilizaciones, los últimos 12.000 años de un recorrido de cientos de siglos, cuando los códigos alimentarios se amplían, especialmente en la parte alta del escalafón social.

Para dar una versión en términos alimentarios de un momento preciso en la historia necesitaríamos al menos tres referencias: emplazamiento, tiempo y jerarquía. El tipo de alimentos y su variedad, las preparaciones a las que se sometían y las funciones sociales que los acompañaban fueron coloreando la dimensión cultural de comer, definiendo las preferencias, la magnitud simbólica y hasta las relaciones de poder. De este modo, la alimentación pasó de la resolución del imperativo básico de nutrir a transformarse paulatinamente en un factor primordial en la estructuración de las comunidades y sus identidades.

Con la modernización de la sociedad a lo largo de los últimos 50 años se ha ido ampliando la disponibilidad de alimentos y la alimentación ha ido alejándose de los hogares. Esta diversidad de opciones, junto a la práctica de comer fuera de casa, ha estrechado algunas diferencias sociales en las mesas, simulando un progreso en la equidad social. Con todo, los sociólogos señalan que el prácticamente ilimitado campo de decisión actual respecto a qué y cómo comer ha traído consigo un notable desorden alimentario y un contexto de ansiedad provocado por, citando al sociólogo francés Pierre Poulain, la desestructuración, la desocialización, la desinstitucionalización, la desimplantación horaria y la desritualización de la comida. La elección se ha tornado un problema. Claramente lo que entra o sale de la boca es parte de la configuración de la personalidad, del proceso de individualización. Y pese a habitar un mundo cada vez más comprimido, la alimentación todavía demarca desemejanzas entre los sujetos. Lo que hay en el plato del rico o el pobre, de un americano o un asiático, de un vegetariano o un omnívoro, de un curioso o un tradicionalista, de un sano o un enfermo, cuando menos para una parte de la población, sigue guardando diferencias. Aún más cuando en el presente se puede comer para revelarse o descubrirse, alardear o arropar, recorrer el pasado u ojear el futuro, nutrir el disimulo, la añoranza o la nada.

Pero en la actualidad, en este tiempo, para otra parte de la ciudadanía los ejes emplazamiento / jerarquía parecen difuminarse en un contexto global que hace posible comer de una manera similar en Puerto Moresby (Papúa Nueva Guinea) o Port Louis (Mauricio), aun estando separados por 9.600 kilómetros de mar. En este mundo angosto las opciones de heterogeneidad, pluralidad y complejidad parecen abrirse nada más y nada menos que en los aspectos que concilian en el plato las características que nos permiten reconocernos como individuos. A saber, aquella comida que atiende y cobija nuestros anhelos y creencias; que cruza la línea por los puntos que mejor acomodan nuestros sentimientos, pensamientos e ilusiones. Ahí es nada.

 

Artículo de Andoni Luis Aduriz para El País

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